Como satélites en orbita, nos movemos y relacionamos según reglas ya escritas.
A veces, a base de fuerza de voluntad ignoramos las reglas y cambiamos el curso de los eventos, pero en esencia, cambiar las reglas es un acto agotador con tendencia a la futilidad.
Existe el equilibrio y existe la ecología en nuestras acciones. Y aquel que por mera soberbia intente violar las dinámicas ya establecidas, es un necio y malgasta sus fuerzas buscando humo.
Los grupos y las empresas, como organismos, tienen sus cadencias, sus dinámicas particulares, sus santos y sus demonios. Así, cada grupo es un mundo de fuerzas inestables que se alimentan entre sí, y la forma más tonta (y normalmente la más común) de joderlo todo es quitar uno de los tornillos a la máquina y esperar, con cara de iluso convencido, a que todo el edificio se venga abajo.
Yo sé esto. Soy listo y veo. Pero saber y ver no valen una mierda cuando lo que desearías es meter una palanca en el engranaje de la realidad, cambiar el mundo y corregir algunas putadas.
Y cuando tenga las suficientes pelotas, y aprenda a ver realmente bien, agarraré por sorpresa a la Muerte una noche y le diré algo del estilo: -A ver, hija de puta, dime por qué te llevaste a mi perro y a mi abuelo...
Y escucharé lo que tenga que la Muerte tenga que decir.
Porque puedo ser un capullo sin paciencia, y un soberbio que echa de menos a su abuelo muerto, pero no soy tan capullo como para no escuchar lo que la gente dice, aunque sea una tramposa tan grande como la Muerte.